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Del Congreso al circo: cómo la política argentina banaliza la institucionalidad.

  • Foto del escritor: Por Marcia Toranzo
    Por Marcia Toranzo
  • hace 4 días
  • 4 Min. de lectura

En una escena dominada por la épica, la confrontación y la validación militante, el presidente Javier Milei transformó la Asamblea Legislativa en un acto identitario antes que en una instancia de diálogo institucional. El equilibrio fiscal y la denuncia moral contra la “casta” estructuraron un discurso que privilegió la polarización sobre la deliberación, exponiendo una tendencia más amplia de la política argentina: la sustitución del debate democrático por la lógica del espectáculo.


Con tribunas colmadas de militantes y una puesta en escena más cercana a un acto partidario que a un ritual republicano, el presidente Javier Milei inauguró el Período Ordinario de Sesiones 2026, en un escenario de reafirmación identitaria antes que en un espacio de rendición de cuentas. El clima no fue el de un jefe de Estado dialogando con el conjunto del sistema político, sino el de un líder consolidando a su base y profundizando la polarización.


Desde el inicio del discurso, el tono marcó la orientación ideológica del mensaje. El saludo destacado a Alberto Benegas Lynch (hijo), a quién definió como “máximo representante de la historia del liberalismo argentino”, no fue un gesto protocolar sino una declaración de principios. Milei no habló solo como presidente: habló como referente doctrinario, reafirmando la centralidad del ideario liberal-libertario en su proyecto de gobierno.


El relato oficial se estructuró sobre una narrativa de crisis terminal heredada y redención presente. Según el mandatario, hace dos años la Argentina enfrentaba una combinación explosiva: desequilibrio monetario, Banco Central en quiebra e indicadores sociales peores que los de 2001, con el fantasma de “convertirnos en Venezuela” como amenaza movilizadora. Esta construcción discursiva, que apela al miedo y a la épica de la salvación, cumple una doble función política: legitima la dureza de las medidas adoptadas y desplaza la responsabilidad de los costos sociales hacia la “casta” previa.


Sin embargo, más que ofrecer un balance técnico, el discurso privilegió la dimensión moral. El déficit fiscal no fue presentado solo como un problema económico, sino como un acto de inmoralidad intergeneracional; la emisión monetaria, como una estafa a los más vulnerables; los impuestos, directamente como un “robo”. Esta radicalización conceptual no es inocente: transforma debates complejos de política pública en juicios éticos binarios, donde quien discrepa no es un adversario legítimo sino un cómplice del saqueo.


El anuncio de un presupuesto sin déficit en “100 años” fue el núcleo celebratorio del mensaje. Milei lo presentó como el cumplimiento estricto de sus promesas de campaña y como prueba de que el ajuste “lo pagó la política”. No obstante, el discurso omitió profundizar en la letra chica del ajuste: el impacto en jubilaciones, salarios públicos, transferencias a provincias o inversión en infraestructura. La simplificación narrativa, equilibrio fiscal igual a virtud moral, evita deliberadamente el debate sobre la distribución de los costos.


El momento más revelador llegó en el intercambio con la oposición. “Soy presidente de ustedes, aunque no les guste”, lanzó, antes de ironizar que no podían aplaudir porque “se les escapan las manos en los bolsillos ajenos”. Lejos de buscar consensos, el presidente optó por la confrontación directa, reforzando la lógica amigo-enemigo que ha caracterizado su estilo desde la campaña. En términos institucionales, esto tensiona el rol presidencial: ¿es el jefe de todos los argentinos o el líder de una facción que gobierna?


La Asamblea Legislativa, concebida como instancia de diálogo entre poderes, quedó así subordinada a la lógica del espectáculo político. La ovación constante de la militancia funcionó como validación simbólica, pero también como cerco: el destinatario principal no fue el Congreso, sino la audiencia propia.


El discurso deja al descubierto una dinámica que trasciende a una figura o a un espacio político. La política argentina, oficialismo y oposición, parece atrapada en una espiral de gestualidad permanente, donde el impacto emocional importa más que la deliberación racional.


La escena de legisladores cruzando gritos con el Presidente, y un Presidente respondiendo con chicanas, no es solo una anécdota pintoresca: es el síntoma de una degradación más profunda en la cultura política.


La crítica no puede dirigirse únicamente al oficialismo por su tono confrontativo. La oposición, muchas veces, ha optado por la obstrucción automática, la sobreactuación mediática o el cálculo electoral inmediato por encima de una discusión seria de las propuestas. Se ha naturalizado que el Congreso funcione como escenario de performance antes que como ámbito de construcción normativa. El aplauso, el abucheo y el clip viral reemplazan al argumento.


Este comportamiento tiene consecuencias concretas. Cuando el debate público se reduce a consignas, “los impuestos son un robo”, “la casta”, “el ajuste salvador”, “la patria en peligro”, se empobrece la posibilidad de encontrar soluciones complejas a problemas estructurales. La política deja de ser un espacio de negociación entre intereses legítimos y se transforma en una competencia por la superioridad moral. En ese terreno, nadie dialoga: se acusa, se descalifica y se exacerban identidades.


Además, la apelación constante a la herencia como justificación y a la épica como legitimación puede terminar vaciando de contenido la responsabilidad presente. Gobernar implica asumir costos, explicar matices y aceptar controles. Convertir cada instancia institucional en un acto partidario puede fortalecer la cohesión interna, pero debilita la calidad democrática en el largo plazo.


La dirigencia política argentina, en su conjunto, enfrenta un desafío que va más allá de la coyuntura económica: reconstruir reglas de convivencia democrática que no dependan del aplauso propio ni del insulto al adversario. Sin ese piso mínimo de respeto institucional y de discusión seria, cualquier logro económico, real o proclamado, corre el riesgo de diluirse en la inestabilidad política.


La Asamblea Legislativa debería ser un momento de balance, propuestas y diálogo entre poderes. Cuando se convierte en espectáculo, todos pierden: el oficialismo, porque confunde popularidad con consenso; la oposición, porque reduce su rol a la provocación; y la ciudadanía, que observa cómo quienes deberían representar intereses diversos priorizan la escena antes que las soluciones.


La pregunta final no es solo si el programa económico tendrá éxito, sino si la política argentina está dispuesta a abandonar la lógica del enfrentamiento perpetuo. Sin una dirigencia que eleve la calidad del debate y asuma conductas acordes a la responsabilidad institucional, el país corre el riesgo de repetir con distintos protagonistas y distintos discursos el mismo ciclo de promesas grandilocuentes y frustraciones recurrentes.

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